Todo el debate continuo que atraviesa hoy la Argentina, y que se sintetiza en las definiciones del gobierno de Javier Milei en contra de la educación, de la ciencia, de la salud y de diferentes sectores sociales, tienen un denominador común, un título, el debate cultural. Y en realidad no tienen que ver con cómo gastamos los argentinos sino en qué lo hacemos, y claramente el gobierno libertario no quiere que sea en los ítems antes mencionados.
Qué tipo de Argentina quieren los argentinos, ni más ni menos, ese es el debate; semejante discusión no arranca de cero, primero hubo un poder real, el económico, que decidió que había que avanzar en este cambio profundo y comenzó a trabajar en ese sentido preparando el terreno; en realidad no es más que un viejo anhelo que se intentó en los ’90 y terminó como terminó, que retomó Mauricio Macri demasiado tibiamente y que ahora Milei, arropado, intenta más fanáticamente.
Para eso se viene operando desde hace mucho en la opinión de la gente, echando mano a todas las herramientas disponibles, los periodistas y los medios de comunicación que ellos mismos poseen, con sus campañas de desacreditación de determinadas organizaciones y dirigentes, de determinadas creencias que los argentinos habían consensuado como buenas; y también las redes sociales, machacando de manera incesante sobre lo que está bien y lo que está mal.
La batalla cultural es decidir entre una sociedad organizada por un estado que vele por el justo ingreso económico para todos y la libertad, de todos, de gastarlo en lo que cada uno desee; o una sociedad disociada, atomizada en la contradicción del individualismo y por eso debilitada como tal, librada a las decisiones de quienes tienen el poder económico y administran placeres y deberes, sin que nadie pueda opinar lo contrario.
La batalla no es sencilla, ellos llevan las de ganar porque son potencia y enfrente tienen un ejército que ni siquiera sabe que está siendo agredido; es muy posible que ganen nuevamente, es la historia de la humanidad; pero, como la historia, siempre habrá alguien que se oponga, y un volver a empezar.
No se trata de arengar, ni mucho menos de promover, simplemente las cosas por su nombre.

