Hace once años, un grupo de mujeres* decidimos que el silencio ya no era una opción. El «Ni Una Menos» nació como un límite ético de la sociedad argentina tras los femicidios de Paola Acosta, Andrea Castana y Chiara Páez. Sin embargo, este 3 de junio de 2026 nos encuentra en un escenario que creíamos haber dejado atrás, pero con un agravante que estremece: la institucionalización del desamparo y el recrudecimiento de la crueldad sobre nuestros cuerpos. El caso de Agostina Vega en Córdoba, es el ejemplo más doloroso y cercano.
El síntoma de la época
El femicidio de Agostina se suma a una lista que no se detiene, pero que muestra un rostro cada vez más aterrador. Estamos viendo una violencia que se ensaña con los cuerpos de mujeres y niñas, una ferocidad que busca no solo quitar la vida, sino borrar la humanidad.
Esta crueldad no es azarosa. Es el síntoma de un tejido social que se desgarra cuando los discursos de odio empiezan a permear la realidad. Cuando la vida de una mujer deja de ser sagrada en el discurso público, el femicida se siente habilitado a ejercer una violencia desmedida, casi ritual, sobre aquello que considera de su propiedad.
Los derechos ganados y el recorrido de lucha también se ven pisoteados cuando se percibe, ve y escucha un retroceso en las opiniones de algunos ciudadanos y medios de comunicación. ¿Cuándo volvimos a posar, otra vez, los cuestionamientos, dudas y críticas en las víctimas, su vida y su entorno? ¿Cuándo sacamos el foco de donde debía estar?
El desierto de las políticas públicas
Lo cierto es que este nuevo aniversario -que inició con un tweet de la periodista Marcela Ojeda que rezaba «Actrices, políticas, artistas, empresarias, referentes sociales… mujeres, todas, bah… no vamos a levantar la voz? NOS ESTAN MATANDO»- nos encuentra bajo una era política que ha decidido dar por tierra décadas de consensos internacionales y conquistas territoriales. Al vaciar los presupuestos, desmantelar los ministerios y desarticular las redes de contención, el Estado no solo se retira: se vuelve cómplice por omisión.
La red de acompañamiento que sostenía a víctimas, familias y niñas hoy es un esqueleto de lo que fue. Sin recursos no hay prevención; sin presupuesto no hay refugio; sin políticas de género solo queda la intemperie. Y en esa ausencia de sostén estatal, la violencia machista encuentra su mejor caldo de cultivo. La crueldad también reside ahí.
La urgencia continúa (y se agudiza)
A 11 años de aquel primer grito, la sensación es de una extraña circularidad. Pero no estamos en el mismo lugar. Somos miles las que sabemos que el Ni Una Menos es una conciencia colectiva.
Aunque intenten borrar las políticas de género por decreto, no podrán borrar la memoria de las niñas y mujeres asesinadas. En este contexto de convulsión y crueldad, nuestra respuesta debe ser la misma que nos unió en 2015, pero con la rabia renovada: si el Estado se retira, nosotras nos multiplicamos. Porque mientras sigan matándonos y el poder nos dé la espalda, nuestro grito será, más que nunca, una cuestión de supervivencia.
- El colectivo Ni Una Menos Córdoba fue conformado en sus inicios por Julieta Fantini, Natalia Ferreyra, Patricia Cravero, Rocío Paulizzi, Eloísa Oliva, Laura Giubergia, Juliana Rodríguez Salvador, Emilia Casiva, Leticia Ressia, Carla Barbero y, quien suscribe, Yanina Babiachuk.
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