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Jue 4 junio 2026
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La hipocresía como método y la doble vara en la política radical cordobesa

por «Polo» Gait, dirigente radical de Córdoba con Todos.

En política, las diferencias ideológicas son inevitables y hasta saludables. Lo que es inaceptable es la hipocresía: esa capacidad de exigirle al otro un estándar que uno mismo no está dispuesto a cumplir.
El radicalismo cordobés atraviesa hoy un ejemplo de manual.

Hace apenas unas semanas, Rodrigo de Loredo se erigía en juez y verdugo de Myrian Prunotto, reclamando su expulsión del partido. Argumentaba que su perfil político no encajaba con el “radicalismo (con peluca) ” que él representa.

Pero lo que De Loredo intenta ignorar es que Myrian Prunotto ha sido siempre una militante radical coherente y fiel a los principios fundacionales: la defensa incansable de los sectores más vulnerables, la lucha por la justicia social y la democracia participativa.
Su entrega y compromiso con los valores del radicalismo han sido un faro constante en medio de las crisis, una voz firme que no se vende ni se doblega ante intereses ajenos al bien común.

No solo opinaba: De Loredo controlaba la Junta Electoral como si fuera un feudo personal y utilizaba ese poder para imponer la «dedocracia» interna, desplazando a quienes no se alineaban con sus intereses.

Pero la realidad le jugó una mala pasada. La Justicia intervino, frenó la maniobra y desarmó la estrategia que le garantizaba el camino libre hacia su candidatura, cómoda, atada a una alianza con la lista del poder nacional, aunque esto significará la mancha ideologica mas grave en la historia de la UCR.
Y ahí apareció la otra cara: cuando vio que tenía que enfrentar a los afiliados, no se hizo cargo y se bajó de la candidatura.

Para completar la escena, las versiones más firmes señalan que ahora busca acordar, lo mismo, por afuera, nada menos que con La Libertad Avanza. Sí, el mismo espacio al que el radicalismo histórico —el de Alem, Yrigoyen, Illia, Alfonsín— se opondría frontalmente por su carácter excluyente, antipolítico y antipopular.

Aquí está el corazón del problema: lo que para Myrian Prunotto, quien ha defendido con coherencia y compromiso los valores radicales, era motivo de expulsión, para Rodrigo de Loredo parece ser un gesto estratégico. Lo que en la vara con la que mide a otros es traición, en la suya propia se convierte en “movida inteligente”.
Es la doble moral de quien dice defender principios, pero los acomoda según su conveniencia personal.

La hipocresía no es un error involuntario: es un método de supervivencia política. Consiste en aplicar la regla más dura al adversario interno, y la más flexible, o directamente ninguno, a uno mismo.
En este caso, se viste de radicalismo pero negocia con el mileísmo; se proclama defensor de la democracia interna, pero la reemplaza por la dedocracia; se proclama firme en sus convicciones, pero las cambia como quien cambia de saco.

El radicalismo no puede permitirse que esta lógica siga marcando su rumbo. Porque un partido que mide con varas distintas se vacía de credibilidad, y un partido sin credibilidad deja de ser una herramienta para transformar la realidad y pasa a ser una mera pieza en el ajedrez del poder.

La pregunta que queda flotando es incómoda, pero necesaria:
Si Myrian Prunotto merece ser expulsada por no encajar en el molde del “radicalismo con peluca” que De Loredo representa, ¿qué destino debería tener él, que está dispuesto a abandonar el partido en busca de un lugar al sol junto a Milei?
Si las reglas no se aplican igual para todos, no son reglas: son excusas. Y cuando eso pasa, lo que se quiebra no es solo la ética de un dirigente, sino la columna vertebral de todo un partido.

Porque un radicalismo sin coherencia ni convicción solo es un cuerpo sin alma, vacío, y ese radicalismo no le sirve ni al partido ni al pueblo que quiere representar.

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