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Sáb 18 abril 2026
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«Cuando el Estado falla hacia adentro», por José Cornacchione

El escándalo que hoy atraviesa a la institución policial no puede leerse como un hecho aislado ni como una simple desviación individual. Lo que está en discusión es mucho más profundo: es la evidencia de un sistema que falló en sus controles, en su conducción y en su responsabilidad más básica, que es proteger a los propios.

Estamos hablando de una maniobra que habría operado durante tiempo prolongado, con un nivel de sofisticación tal que permitió generar deudas inexistentes, aplicar descuentos indebidos y utilizar datos personales sin consentimiento. No se trata de errores administrativos: se trata de un mecanismo estructurado que, de confirmarse, expone una red de responsabilidades que excede ampliamente a unos pocos nombres.

Y aquí es donde la crítica debe ser clara.

La fuerza policial no solo tiene la obligación de garantizar la seguridad en la calle; también debe garantizar integridad puertas adentro. Cuando sus propios efectivos —y sus familias— pueden ser víctimas de estafas dentro del sistema, la institución pierde autoridad moral. No hay legitimidad posible hacia afuera cuando hacia adentro reina la desprotección.

Pero el problema no termina en la fuerza.

El gobierno provincial tampoco puede mirar hacia otro lado. Porque estos sistemas no funcionan en el vacío. Funcionan bajo estructuras administrativas, marcos regulatorios y esquemas de control que dependen directamente del poder político. La ausencia de auditorías eficaces, la falta de trazabilidad en los procesos y la permisividad frente a intermediaciones dudosas son, en última instancia, fallas de gestión.

Cuando el Estado no controla, habilita.

Cuando el Estado no audita, legitima.

Cuando el Estado no actúa a tiempo, se vuelve parte del problema.

Lo más preocupante de este caso no es solo el monto —que ya de por sí es escandaloso—, sino la lógica que lo hizo posible. Una cultura donde el silencio pesa más que la denuncia. Donde la falta de transparencia se vuelve norma. Donde los mecanismos de control parecen diseñados para fallar.

Ese es el verdadero riesgo sistémico.

Porque cuando estas prácticas se naturalizan, el daño deja de ser económico para convertirse en institucional. Se erosiona la confianza, se debilita la autoridad y se instala la idea de que todo vale mientras no se vea.

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