En redes sociales comenzaron a circular denuncias de usuarios de la billetera virtual Ualá, fundada por Pierpaolo Barbieri, amigo personal del presidente Milei, quienes aseguran tener dificultades para retirar o utilizar su dinero.
A partir de estas quejas se viralizó el término “corralito”, en referencia al Corralito en Argentina de 2001, cuando se limitaron las extracciones bancarias. Sin embargo, por el momento no existe confirmación oficial sobre un bloqueo general de fondos ni sobre problemas financieros en la empresa.
Miles de usuarios reportan un “corralito técnico”: es imposible transferir saldos o retirar ahorros. A esto se suman demoras de 48 horas para acreditar pagos de servicios, dejando familias sin luz o gas pese a haber pagado a término.
Esta parálisis afecta desde el consumo de comida hasta a pequeños comerciantes que ven su caja diaria retenida. Ante el miedo, muchos intentan diversificar sus fondos para protegerse de una plataforma que hoy muestra serias grietas operativas.
El origen de este colapso no es sólo técnico, sino profundamente político. Durante 2025, el Gobierno decidió aumentar drásticamente las tasas de interés de referencia del BCRA con un único objetivo electoralista: pisar la inflación y contener el dólar para llegar con aire a las urnas. Esta medida, diseñada para el corto plazo, terminó convirtiéndose en una soga para el cuello de las familias argentinas.
Al mantener las tasas por las nubes, el costo de las deudas se volvió impagable para el consumidor promedio, cuyos ingresos no crecieron a la misma velocidad. Lo que el Gobierno presentó como una herramienta de estabilidad monetaria fue, en realidad, el motor que asfixió la capacidad de pago y disparó la morosidad en entidades como Ualá. Hoy, la economía paga la factura de una estrategia que priorizó el marketing político por sobre la salud del sistema financiero.

